Puedo recetar libremente, pero hacer investigación no es tan fácil

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Meditemos esto por un momento. En la consulta, privada o pública, podemos recetar los medicamentos que consideremos útiles. No importa si está demostrada su eficacia, sólo tienen que estar aprobados por las agencias nacionales. Puedo recetar cuando quiera y a quien quiera, siempre y cuando yo crea que sí funciona. Pero si quiero hacer algo para comprobar su eficacia, un estudio, entonces no lo puedo recetar así de fácil. 

Vamos poniendo un ejemplo. En la alacena de la clínica hay ribavirina oral. Este medicamento, en teoría, detiene la síntesis de RNA de varios virus. Por allá en los 70’s se comenzó a estudiar para ver si servía en pacientes con influenza, pero han pasado décadas y nunca se ha demostrado su eficacia en niños con esta infección.

Si yo quiero, puedo recetarle a un niño este medicamento. Puedo decirle a la mamá que es un antiviral y que yo creo que le va a servir. No estoy obligado a enunciarle los posibles efectos secundarios. Mucho menos estoy obligado a decirle que no hay estudios que demuestren que sí sirve. Moralmente, sí debo hacer esto, pero nada me obliga.Y como la influenza es autolimitada en la mayoría de los pacientes, muy probablemente le irá bien al niño.

Pero si yo quisiera estudiar en mi consulta si este medicamento funciona, entonces se complica la cosa. Primero tendría que redactar un protocolo. Tendría que diseñar un estudio en el cual a la mitad de los niños les diera ribavirina y a la mitad no, y luego viera a quiénes les fue mejor. Luego tendría que presentárselo a un comité de ética. A cada paciente que reclutara tendría que explicarle muy bien el objetivo. Tendría que recitarle los 40 efectos secundarios que se han reportado por usarlo. Y finalmente, tendría que tener un papel firmado en el cual el paciente (o su tutor) acepta el medicamento.

Como que no cuadra. Si quiero recetarle el medicamento a todos mis pacientes, sí puedo. Pero si se lo quiero recetar a la mitad, para comparar y verificar si funciona, entonces no puedo.  Así lo menciona Iain Chalmers en este artículo.

Estoy hablando de un medicamento que no tiene estudios que comprueben su eficacia. Si los hubiera, no sería ético que yo anduviera experimentando.

Hacer investigación debería ser más fácil. Como médicos debemos reconocer incertidumbres sobre los tratamientos que ofrecemos, despejar dudas y generar conocimiento. Las regulaciones y los comités de ética existen para proteger a los pacientes. De ninguna manera queremos tragedias como la de la talidomida. Lo que necesitamos ahora es facilitar todo el proceso para que los clínicos incorporemos esto en la práctica diaria.

El libro Testing Treatments da algunas ideas al respecto.

Giordano Pérez Gaxiola
Departamento de Medicina Basada en la Evidencia
Hospital Pediátrico de Sinaloa

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