La innovación perdida

 

“Innovación distingue a un líder de un seguidor”
Steve Jobs

De mi niñez, recuerdo a mi padre escuchando las canciones de su adolescencia de forma repetitiva, tal como yo ahora escucho las canciones de los 80’s con la nostalgia correspondiente de la época. Cándidamente, mis hermanos y yo lo veíamos colocar un disco tras otro, levantaba a mi madre a bailar y nos enseñaba uno que otro paso de rock’n’roll.
Las melodías eran todas en español, cantadas por grupos mexicanos. Desde niño me hinchaba el orgullo patriótico de la capacidad y calidad de las canciones que escuchaba, hechas por mexicanos “¡Cuánta creación! ¡Cuánta innovación!” pensaba.
Entre las canciones que mi padre escuchaba podría citar algunas:

Popotitos
La plaga
Rock de la cárcel

Así es; después, y para mi decepción, me di cuenta que no hallaba ninguna canción que fuera originalmente mexicana. Todas tenían su origen de algún canta-autor de los EEUU.
Y recuerdo una tarde que le pregunté a mi padre el por qué no había mexicanos capaces de crear una canción de rock. Mi padre solo encogió los hombros y me comenzó a citar a grandes compositores de mi país como Agustín Lara, José Alfredo Jiménez, entre muchos otros. Pero tal parece que toda una generación tuvo más fácil la oportunidad de la canción ya creada, tomar la música y cambiar la letra, y así ya tenía otro éxito (que sí lo eran, por cierto).
Todo esto no es por denostar a nuestros músicos de los 60s, mi respeto para ellos, pero tal parece que perdimos a toda una generación en el bosque de la innovación. Y la analogía con la música de los 60s es válida en el campo tecnológico, científico y de la salud (que nos atañe) y es algo que ha persistido, aunque con menor ímpetu, en décadas recientes.

México, y Latinoamérica en sí, es un gran exportador de cerebros talentosos, aunque no es generador de ideas.

Desafortunadamente una buena parte de los genios mexicanos trabajan desde otros países, bien remunerados y entendidos en su afán de crear e innovar. En nuestro país no se comprende aún el concepto de la inversión a largo plazo en materia de investigación e innovación. En el rubro de la salud, muchas veces el clínico que desea involucrarse en la investigación prefiere replicar lo ya hecho en otros países sirviendo de “maquila” a los protocolos de las compañías farmacéuticas; y no digo que sea algo satánico, pues si bien esto no siempre hace daño y genera ingreso económico a veces urgente y/o deseable en nuestro país, sí desestima la producción original en la ciencia al generar una distracción que es más cómoda de adoptar (en otras palabras, tomamos siempre el camino fácil).

Aunado a esto está el poco apoyo e inversión en investigación y desarrollo, algo que en Latinoamérica y el Caribe fluctúa entre el 0.01% y el 0.9% mientras que en Norteamérica sus cifras están alrededor del 2% del producto interno bruto (PIB), según datos del Banco Mundial. Sin embargo, es importante recalcar que la innovación NO depende en su totalidad del dinero que se le invierta; el mejor ejemplo fue el desarrollo de Mac vs Microsoft, cuando este segundo invirtió mucho más que el primero en investigación y desarrollo, y es cuestión de ver hoy por hoy, dónde están en cuanto a innovación se refiere.

¿Artista o artesano?

El trabajo en equipo es esencial, de eso no hay la menor duda. Sin embargo, es deseable que con frecuencia ocurran esos chispazos de genialidad y las ideas salgan a la luz (sea en equipo o individual). No todo lo que hacemos, aunque lo hagamos bien, implica una innovación. Podemos ser excelentes administradores, trabajadores en cuerpo y alma; llevamos “la fiesta en paz” y cumplimos con las metas que nuestros superiores demandan. Somos a veces una fábrica cuya fuerza laboral es un grupo de zombies que tienen problemas todos los días, pero siguen trabajando con ellos, venciéndolos con fuerza bruta.

Durante todo mi siguiente año, mi jefe inmediato superior me encomienda la tarea de reunir información sobre los parámetros de laboratorio de TODOS los pacientes con cetoacidosis diabética en la terapia intensiva (es decir, las gasometrías, electrolitos, evolución clínica, etc.), y esto implica hacer cálculos matemáticos frecuentes y repetitivos en cada uno de ellos. Puedo hacer la hoja a mano, todos los días, así como los cálculos, hoja tras hoja, todos los días… o bien puedo dedicarme dos o tres horas de mi tiempo a crear una base de datos en Google docs o una aplicación para mi iPad, o una simple hoja de cálculo, que me facilite capturar con tan solo ciertos clics toda la información y me dé los resultados de los cálculos que antes hacía a mano. Es cierto, tomará tiempo crearla y algo de fuerza mental, pero el producto ahorrará cientos de horas/hombre y será altamente eficiente.

Es un ejemplo simple, pero el fundamento básico es convertir nuestros problemas en metas, sentarnos de vez en cuando, detenernos en nuestras tareas diarias a tener un momento de reflexión sobre lo que estoy haciendo, qué me está estorbando, cómo lo sobrepaso, cómo puede ser más eficiente, qué puedo mejorar, qué puedo crear.
Sí, se requiere de una combinación de suerte, un poco de recursos, y experiencia. Pero nada de esto es ni la mitad de necesario como lo es la tenacidad y actitud diaria de buscar preguntas y ver los problemas como una oportunidad de acción que emita la chispa inicial de la innovación.

Edwin Land dijo, la parte esencial de la creatividad, es perder el miedo a fallar.

Carlos A. Cuello
Centro de Medicina Basada en Evidencia
Tecnológico de Monterrey

Comparte esta entrada: Share this post with the world.
  • Twitter
  • Facebook
  • del.icio.us
  • Digg
  • Google
  • LinkedIn
  • StumbleUpon
  • Technorati

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*