Qué hacer si no se quieren vacunar

Cómo me gusta presumir que México tiene una cartilla de vacunación muy completa. Lo acabo de mencionar en la entrada previa. Y también me gusta presumir la buena cobertura que tenemos, a diferencia de países pioneros en el desarrollo de vacunas como Francia. Sin embargo, con relativa frecuencia me estoy topando en la consulta papás o mamás que han decidido no vacunar a sus hijos por lo que les dicen, lo que oyen, lo que leen, lo que viven…

¿Qué hacer ante esto?

Un colega cercano tiene una manera particular de lidiar con esto. Si los papás se rehúsan a ponerle las vacunas a sus hijos, él “los despide”. Les dice que ya no los atenderá. Es una forma de tratar de obligarlos a hacerlo, y de demostrar que él está completamente en desacuerdo de esa decisión. Entiendo su punto de vista.

En algún lugar leí el comentario de un cardiólogo que criticaba los pediatras que tomaban esta conducta. Él hacía la analogía con sus pacientes. Un cardiólogo recomienda a sus pacientes que adelgacen, que hagan ejercicio, etc. Entonces, este cardiólogo decía que cuando un paciente no le hacía caso, y subía de peso y no hacía ejercicio, él no lo “despedía” y lo seguía tratando. Incluso acusaba a los pediatras de débiles por no atender a pacientes que tomaban malas decisiones (refiriéndose a no ponerle las vacunas a sus hijos). También entiendo su punto de vista. Escogí ambos porque son polos totalmente opuestos.

Pero creo que la analogía del cardiólogo no es adecuada. En su ejemplo, el paciente que tiene hábitos poco saludables (comer mucho, no hacer ejercicio) se estaría poniendo en riesgo cardiovascular. Ojo, él se estaría poniendo en riesgo. En el caso de los padres que deciden no vacunar a sus hijos no sólo ponen en riesgo al pequeño, sino a toda la población vulnerable que está cerca de ellos. Es un punto de vista que no toma en cuenta la contagiosidad de estas enfermedades y la inmunidad en rebaño.

Una mamá o un papá podrían pensar “¿para qué vacunar a mi hijo? si le da rubeola no le pasará nada”. Cierto, la rubeola puede ser una enfermedad bastante leve en los niños. Un poquito de fiebre, un poquito de ronchas, y listo. Sin embargo, mientras el niño tenga el cuadro existirá el riesgo de que infecte a alguien más. Y si ese alguien más es una persona susceptible y vulnerable, como una mujer embarazada, el desenlace podría ser catastrófico. Al vacunar no sólo se protege al individuo, sino a toda una población. La inmunidad en rebaño disminuye la posibilidad de que se propague una epidemia, y protege a quien pudiera ser más vulnerable.

Ni el cardiólogo del comentario ni nuestros pacientes conocen detalles como éste acerca de la vacunación. El rechazo a las vacunas por lo general se debe a poca y mal fundamentada información. A mi manera de verlo, no podemos obligar a un paciente a que se vacune, pero sí podemos tomarnos todo el tiempo necesario para explicarle los beneficios, y también los riesgos.

En los beneficios podemos abarcar todas las enfermedades que ya no existen (viruela), son sumamente raras (difteria y polio), o cuya mortalidad ha disminuído dramáticamente (varicela) gracias a la vacunación. Una foto de un niño con las piernas deformadas por la polio, o un video de un niño de 2 meses con tos ferina son más impresionantes que las anécdotas de actores y actrices anti-vacunas.

Y de los riesgos, hay que hablar claro. El Instituto de Medicina de EEUU acaba de publicar un amplio reporte sobre los efectos adversos de las vacunas y sobre si existe una demostrada causalidad en algunos de ellos. Y como gran parte de las campañas anti-vacunas se apoyan en el “Dr.” Wakefield, vale la pena estar familiarizados con su historia.

Tenemos trabajo por hacer para poder seguir presumiendo nuestra cobertura nacional de vacunación.

Giordano Pérez Gaxiola
Departamento de Medicina Basada en la Evidencia
Hospital Pediátrico de Sinaloa

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